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Joan Ollé, Presidente del COAPI de Barcelona analiza la actual situación de la intermediación inmobiliaria a través de un curioso símil.

Era un maravilloso valle, rodeado de altas montañas. Encima de uno de los acantilados, desde el que se gozaba de la mejor panorámica de todo el valle, vivían las Águilas de Plumaje Imperial. Su plumaje era precioso, les protegía contra las inclemencias del tiempo y sus ojos habían adquirido una inmejorable precisión para captar, tanto una visión de conjunto global de todo el valle, como de todos y cada uno de los detalles del mismo. Muchos años fueron precisos para adquirir esas cualidades. Se alimentaban única y exclusivamente de lombrices que se reproducían en el subsuelo del valle.

Por cierto, las lombrices debían ser exquisitas, pues también eran la comida preferida de varias colonias de ranas que habitaban las zonas pantanosas del valle y pese a su dificultad, continuamente inventaban tretas para conseguirlas. En el valle también vivían numerosos ratoncitos. Eran pequeños, laboriosos y familiares. Continuamente se establecían nuevas familias de ratoncitos. Otras trasladaban sus nidos en función de sus apetencias y necesidades. Pero su visión del valle era limitada. Sus pequeños ojitos, acostumbrados a la oscuridad de sus madrigueras apenas alcanzaban ver más allá de su entorno inmediato, incluso muchas veces confundían los objetos, pero eran hábiles cazadores de lombrices.

Los ratoncitos y las Águilas de Plumaje Imperial habían llegado a un acuerdo beneficioso para ambas partes. Cuando necesitaban establecer un nuevo nido, iban a la cima del acantilado y se subían en la espalda de un Águila de Plumaje Imperial a quien previamente entregaban una ración de exquisitas lombrices. Esta, protegiendo con sus plumas a los ratoncitos, se lanzaba en picado, extendía sus imponentes alas e iniciaba el planeo por el valle. Con aleteos justos y potentes, más la precisión de su cola, cambiaba los recorridos, evitaba los obstáculos e iba mostrando a los ratoncitos nuevos posibles nidos en función de las preferencias de estos. Finalmente los dejaba suavemente y sin peligro en el nuevo nido escogido por la familia de ratoncitos.

Un día, la más osada de las ranas llegó a la cima del acantilado, colocándose justo al lado del nido de las Águilas de Plumaje Imperial. Pudo gozar de la magnificencia de aquel valle y sus detalles, pues su vista estaba igual de desarrollada. Pudo comprobar también que no corría ningún peligro por la cercanía de esos vecinos, pues su alimento no eran las ranas y estuvo observando todo el proceso que se desarrollaba entre las Águilas de Plumaje Imperial, los ratoncitos y las lombrices.
Cual sería su sorpresa, cuando una familia de ratoncitos se le acercó confiada, le entregó una ración de lombrices y se subió a su espalda. La reacción fue inmediata, de algo tenían que servir tantos años de inventar tretas para conseguir lombrices. Se lanzó en picado por el acantilado, extendió sus patitas delanteras, pero ¡oh Dios! continuó el picado a más velocidad, extendió también las traseras e intentó infructuosamente aletear y aletear de manera compulsiva. De nada sirvió, la rana y sus acompañantes se estrellaron contra las rocas del precipicio. La fuerte piel de la rana, curtida en mil charcas y conflictos, le protegió de más daño que el correspondiente susto y observando los despojos de los pequeños ratoncitos se levantó, comió su ración de lombrices y se encaminó de nuevo hacia el nido de las Águilas de Plumaje Imperial.
Con el paso del tiempo, cada vez más y más ranas siguieron el ejemplo de su predecesora. Las más inteligentes cobraban lombrices a las otras para explicarles el sistema que hábilmente fueron perfeccionando con tretas y artimañas para atraer a los ratoncillos. Algunas incluso siguiendo la Ley de la Evolución de las especies de Darwin, fueron desarrollando pequeñas alitas con plumajes desaliñados que les permitían pequeños recorridos y reducir el número de los accidentes mortales de los ratoncitos, quienes últimamente ya soportaban las lesiones producidas, llegando a proporcionar nuevos nidos a éstos.

En cada cambio de nido, los ratoncitos corrían serios riesgos, lo que produjo una cada vez más notoria desconfianza hacia las Águilas de Plumaje Imperial, puesto que sus ojitos no sabían discriminar. Algunas de estas, a su vez fueron prestando peores servicios a los ratoncitos, puesto que observaron que a aquellos les daba lo mismo subirse en su espalda o en la de aquellos otros seres que con el tiempo estaban mutando.Hoy, las Águilas de Plumaje Imperial están ayudando a las ranas más evolucionadas para que su metamorfosis sea más rápida y se han dotado de potentes rituales para que los ratoncitos sean conscientes de la diferencia y escojan libremente.Cuando en la actividad de intermediario en transacciones inmobiliarias hablamos de profesionalidad, conocimientos, experiencia, código de conducta y responsabilidad, hablamos de las potentes alas, del plumaje y de la cola de las Águilas de Plumaje Imperial, no solamente de su aguda visión, marketing y tecnología que otros también tienen.La expansión explosiva del mercado inmobiliario a dado lugar a la existencia de muchos operadores que intentaran seguir mutando para convertirse en verdaderos profesionales, pero en ese camino generan muchos riesgos a los consumidores que a su vez se transforma en desconfianza. Los Agentes de la Propiedad Inmobiliaria –API- son Águilas de Plumaje Imperial, no desfallecen porque con la unión y perseverancia de todos ellos harán que los consumidores mejoren notoriamente su capacidad de percepción de la diferencia y que las instituciones públicas que deben proteger a estos últimos salgan de su pasividad.

Joan Ollé BertránPresidente del Colegio de Agentes de la Propiedad Inmobiliaria de Barcelona

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APROBADO EL ESTATUTO QUE REGULA LA ACTIVIDAD PROFESIONAL DE LOS APIS

El Colegio de Agentes de la Propiedad Inmobiliaria (API) de Barcelona celebra la reciente aprobación, por real decreto, del estatuto que regulará la actividad de este colectivo profesional ya que permitirá que el sistema de acceso a la colegiación sea «mucho más fluido». Así, la denominación de Agente de la Propiedad Inmobiliaria quedará reservada a los colegiados y su sistema de acceso será directo a partir de un mínimo de formación universitaria. El resultado de estas modificaciones será, según los API, un incremento de la «seguridad y confianza» en la intermediación inmobiliaria.

Article publicat a «El economista» el 2 d´Octubre del 2007.

Joan Ollé Bertrán
Presidente del Coapi de Barcelona

http://eleconomista.es/noticias/fuente/el-economista/2007/octubre/1quin